HISTÓRIA DE LOS ESGRAFIADOS DE CIUTAT VELLA

 

Desde su fundación romana, Barcelona contó con un potente recinto defensivo que la protegía de posibles ataques exteriores. Durante la Edad Media, las murallas se ampliaron sucesivamente para absorber el crecimiento de la Ciudad, y a partir del 1714 se completó el sistema defensivo con la construcción de baluartes y una ciudadela que la convirtieron en plaza fuerte.

A partir de este momento, y hasta el derribo de la murallas en 1855, Barcelona se ve condenada a renovar sus estructuras sin ampliar la superficie ocupada. Los sucesivos conflictos bélicos que se producen desde el advenimiento de la dinastía Borbónica, y el proceso de industrialización que se inicia a partir de 1746, con la instalación de la primera fábrica de indianas, provocan una ferviente actividad en el sector de la construcción, para reparar los destrozos de los bombardeos y para absorber la demanda de vivienda provocada por los flujos migratorios.

 

 

Este proceso, marcado por la precariedad económica, favoreció las actuaciones de reforma y remonta de edificios existentes, resueltas con desigual calidad constructiva, que, posteriormente se regularizaban con revestimientos de fachada esgrafiados.

Esta técnica constructiva, de indudable influencia italiana, por su bajo costo permitía resolver los acabados de fachada de los edificios renovados, dándoles la necesaria dignidad y adaptándolos a los cánones que imponía el nuevo gusto barroco que imperaba en España desde la subida al trono de Felipe V.

De hecho, el influjo francés se expandió entre la burguesía local, sobretodo a partir de 1789, cuando a causa de la revolución francesa, se instala en la ciudad un notable contingente de emigrantes procedentes del país vecino, así como por el importante crecimiento del comercio favorecido por la pujanza del puerto, abierto al comercio con ultramar desde 1765.

Construidos en esta época (entre 1750 y 1815) se conservan en la ciudad un buen número de edificios con fachadas esgrafiadas. Se trata de un conjunto arquitectónico repartido por todo el casco histórico.

A pesar de tratarse de una técnica de acabado modesta, que se adapta a cualquier soporte, contamos con edificios esgrafiados de todo tipo, desde construcciones residenciales de carácter popular, hasta los palacios de la burguesía local, que decoran profusamente sus fachadas a partir de las formas conocidas en toda Europa como estilo Rococó. Se trata de un conjunto muy coherente y completo, en el que junto con los esgrafiados pueden identificarse una serie de constantes específicas que conforman una tipología edificatoria que entronca perfectamente con las constantes del barroco europeo.

Las causas que motivaron la aparición del esgrafiado como técnica constructiva y decorativa en Barcelona son poco conocidas. Probablemente hay que relacionarlo con el período de luchas dinásticas que se abre con la muerte de Carlos II en 1705. Las preferencias de los catalanes hacia Carlos de Habsburgo, el pretendiente austríaco, convirtieron Barcelona en sede de una inestable Corte. Numerosos artistas de formación italiana se instalaron en la ciudad, lo cual favoreció los contactos con el exterior, así como los lazos comerciales establecidos entre los puertos de Barcelona y el Mediterráneo (Génova, entre los más destacados). Ello explicaría quizás la divulgación en el panorama local de una técnica decorativa muy difundida en ciudades como Florencia, Génova o Praga durante el siglo XVI al XVIII.

Como corresponde con su tardía implantación, los esgrafiados barceloneses adoptan las formas propias del arte barroco. Sin embargo existen diversas tendencias decorativas, motivadas tanto por la evolución propia de los estilos, como por las mezclas que hacen de ellos los artistas locales.

 

 

Los ejemplos más simples se limitan a sencillas decoraciones geométricas, que a partir de bandas horizontales y verticales estructuran la decoración de la fachada. Sin embargo, lo más habitual es que los espacios que quedan entre las aberturas se decoren con plafones progresivamente mas ornamentados. Dicha ornamentación, de carácter geométrico en los ejemplos modestos incorpora normalmente el repertorio iconográfico propio de los estilos Luis XIV, Luis XV y Luis XVI (cortinajes, guirnaldas, rocallas, medallones, etc.), siempre con el fondo vagamente vegetal, completado con escenas de repertorio en las que muchas veces aparece la figura humana.

 

 

La técnica del esgrafiado se adapta perfectamente a las necesidades del arquitecto barroco. Permite hacer llegar la decoración a todos los puntos de la fachada, desde el basamento a las cornisas, y contribuye, con sus cualidades de color y textura, a difuminar los contornos y a convertir las fachadas en un todo plenamente coherente con los planteos artísticos del momento. Es precisamente por estos mismos motivos, que los arquitectos del modernismo local retoman esta técnica decorativa tan presente en el paisaje de la ciudad y le dan un gran impulso, con diseños adaptados al nuevo gusto y una técnica mas depurada, que permite una amplísima gama cromática. Por ello, la preservación de nuestros esgrafiados antiguos debe afrontarse no solo por su notable incidencia en el paisaje urbano y para preservar la pérdida del patrimonio barroco más representativo de la ciudad (los monumentos barrocos singulares de Barcelona son escasos y poco relevantes en el contexto nacional), sino también, como precedente y punto de arranque de una de las manifestaciones más brillantes de la arquitectura Art Nouveu Europea, reconocida a nivel internacional.